Lunes, 30 Julio 2018 00:00

Santa Elena de Uairén: De pueblo minero a vía de escape

 
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La frontera entre Venezuela y Brasil, a pocos kilómetros del centro de Santa Elena, es símbolo de la desbandada de venezolanos La frontera entre Venezuela y Brasil, a pocos kilómetros del centro de Santa Elena, es símbolo de la desbandada de venezolanos FOTO CORTESÍA CRÓNICA UNO

La capital del municipio Gran Sabana es el último panorama del país que tiene los que deciden partir hacia Brasil por vía terrestre. 

Llegar a Santa Elena de Uairén, al sureste del estado Bolívar, es una travesía que, si no fuera por el verdor de los paisajes y por la esperanza de ver un tepuy despejado de neblina, bien podría calificarse como tortuosa.

De Puerto Ordaz, también en el estado Bolívar, hasta Santa Elena, el último poblado antes de cruzar la frontera con Brasil, son 12 o 13 horas, aun teniendo un carro en buenas condiciones.

La vía, una suerte de carretera llena de huecos, donde fácilmente puede hacerse una competencia de funrace, no hace atractivo el recorrido. A ello se suman la inseguridad, la falta de punto de ventas, la escasez de combustible y el hecho de que hay que pasar cerca de 10 puntos de control de la Guardia Nacional Bolivariana.

En todo el trayecto solo hay disponibles dos estaciones de gasolina, y no es seguro que, en ambas, haya combustible.

Por eso, el que puede, llena en Puerto Ordaz hasta 60 litros de gasolina en pimpinas, que sujeta con amarres bien fuertes en el techo del vehículo.

Así es que se logra llegar el último pueblo venezolano del extremo de Bolívar. De otra forma se corre el riesgo de quedar varados en la vía o caer en manos de los bachaqueros, que no bajan el precio del combustible de los 150.000 bolívares el litro, un producto que, oficialmente, vale solo seis bolívares. El negocio del siglo.

Llama la atención que no hay impedimentos por parte de los cuerpos de seguridad para que los conductores trasladen los pipotes llenos de gasolina.

“No se consigue y eso aquí es permitido. Y más si no sabes si cuando llegues a la Gran Sabana está abierta la otra bomba que se consigue”, contó Juan Carlos Bordón, habitante de Santa Elena de Uairén, y operador turístico.

Las Claritas, el lejano oeste

Uno de los poblados más conocidos en la vía a Santa Elena es Las Claritas. Queda a 231 kilómetros, a tres horas de distancia de Santa Elena.

La gente que vive ahí está movida por el oro. Un gramo podía costar 58 millones de bolívares hace un mes, y, pese a ello, se vende como pan caliente.

Esa es una zona de mineros. La vía principal es de tierra arcillosa, al igual que las laterales. Cuando llueve es un pueblo fangoso, lleno de lodo. Sin embargo, eso no es impedimento para la actividad diaria: el comercio de todo tipo, ya sea de oro, de gasolina, de medicinas, de alimentos, pues, a diferencia del resto del país, en Las Claritas (el famoso Kilómetro 88) no hay escasez de nada.

Se consigue de todo. Las marcas de champú y de desodorante que ya no se ven en Caracas se encuentran en ese sitio sin restricciones. Se venden al triple de su costo, pues el valor comercial de los productos está condicionado por el valor del oro.

En esa zona del sur de Bolívar hay yacimientos auríferos, cuyo valor, según el Ministerio de Petróleo y Minas, se estima en, aproximadamente, 81,4 millones de dólares. Indudablemente, todo un atractivo económico no solo para los de la zona, sino también para zulianos, caraqueños e incluso colombianos.

Las Claritas es un pueblo como los del lejano oeste. Es parte del municipio Sifontes, uno de los 11 del estado Bolívar, pero tiene otra dinámica, impuesta, como lo aseguran moradores que prefieren no ser identificados, por los llamados “sindicatos”, grupos de hombres que aplican la ley a todo aquel que “se come la luz verde”.

“Aquí nadie roba nada. Tú puedes ver esas harinas, ese montón de dinero en la puerta del negocio y nadie se atreve a ponerles las manos. Aquí todo se respeta, eso garantiza que haya paz”, dijo uno de los habitantes.

Además del oro y la gasolina, también la venta de efectivo es un negocio pujante en la zona.

Antes y después de Las Claritas, es visible el auge del Arco Minero. A orilla de carretera se ven las máquinas y las vallas que indican que la extracción va viento en popa.

De la anarquía a lo “normal”

Ya pisando suelo de Santa Elena de Uairén, la visión de anarquía y de violencia disimulada disminuye para dar paso a la imponente Gran Sabana.

Ese trayecto, de un poco menos de dos horas, refresca y cambia el panorama anterior. Hasta el clima baja unos grados y ya se empiezan a ver los pemones dominando el terreno.

Vale la pena cruzar esa troncal hasta Santa Elena, la capital del municipio Gran Sabana, cuya población no es mayor a los 30.000 habitantes.

También es una comunidad agitada por el comercio. El efectivo se vende a 300% de su valor, pues la mayoría de las transacciones, más de 80%, se hace con dinero contante y sonante. Y si la venta se cierra con una transferencia bancaria, a la operación se le suma 40 % de comisión.

Por las calles de Santa Elena el movimiento no se detiene. Los habitantes visten, como en un pueblo costero, bermudas, cholas, franelas camisetas, lycras.

En las tiendas esa es la ropa que se exhibe. Nada suntuoso en cuanto a vestimenta se refiere. Sí destacan en los transeúntes los celulares de más de 10 pulgadas, sortijas y cadenas de oro.

Y, al igual como ocurre en Las Claritas, las personas andan con bolsas de billetes, de todas las denominaciones. Eso es algo normal y común.

En este poblado, que está a 20 minutos de Brasil, se puede hacer comercio incluso con reales, la moneda brasileña.

No hay colas para el pan ni para el papel higiénico. La única fila que se divisa desde la entrada a la ciudad es para la gasolina. Los conductores amanecen esperando las gandolas de Pdvsa.

Las mujeres y las personas de la tercera edad tienen preferencias para llenar sus tanques, así como también los prestadores de servicios turísticos acreditados.

Hay veces que no alcanza para todos y la adquieren “bachaqueada”. De esta forma, en un tanque de menos de 30 litros puede gastarse Bs. 750.000. Y la gente lo paga.

Así como también paga un kilo de harina de trigo en millón y medio de bolívares o de harina PAN en ocho reales (cada real equivalía hace un a Bs. 500.000 en el mercado paralelo).

En esa zona fronteriza convergen en el mercado tres monedas: dólar, bolívar y reales. Incluso, a alguien pueden pagarle 20 reales (que para el momento de nuestra visita eran 10 millones de bolívares) por hacer un trabajo de jardinería, en un día.

El comercio sube las santamarías pasadas las 9:00 a m Desde 1999 Santa Elena tiene un régimen tributario preferencial o de Puerto Libre. A diario llegan los camiones desde del estado de Roraima, Brasil, para abastecer a toda la parroquia Gran Sabana.

Entonces, ¿por qué Santa Elena no es atractiva para quedarse? ¿Si hay comida a granel, se mueve la economía y, además, están las minas a pocos kilómetros, por qué los venezolanos no se quedan en ese extremo y, más bien, prefieren migrar?

“No me quedé en ese lugar por temor. Con mi mujer y mi hijo pequeño me sentí más seguro cruzando la frontera”, dijo Henry Concalves, quien permanece en un albergue en Boa Vista.

Hay un episodio que no se borra de la mente de quienes viven en Santa Elena. Se trata del asesinato del hijo de un comerciante libanés, ocurrido el 6 de septiembre de 2016. La forma como los delincuentes entraron a la casa de la víctima y le cayeron a tiros a la familia permanece en el imaginario de los lugareños.

“Aquí esto es muy seguro, pero desde que ocurrió eso la gente tiene miedo”, relató Juan Carlos Bordón.

La luz en Santa Elena se va muchas veces al mes. Calles completamente oscuras y comercios cerrados destronan la aparente “normalidad”.

En el día, mucha gente se ve sentada en las esquinas, en las paradas y en la céntrica plaza Bolívar, cuya estatua del Libertador se mantiene firme, pero sin la espada, de la que solo quedó el mango. La gente no sabe si se le cayó o se la robaron.

Santa Elena de Uairén, a 1.380 kilómetros de distancia de Caracas, hoy en día no es un punto distante en el mapa de Venezuela. Ya no es un mito, algo figurado. Ahora tiene forma, tiene un concepto; se convirtió en el último pedazo de tierra que llevan en mente los miles de venezolanos que salen hacia Brasil, buscando mejores condiciones de vida. Un pueblo minero que se ha convertido en una vía de escape.  (Publicado originalmente en Crónica Uno)

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